En los últimos años una de las banderas del progresismo y la izquierda es el cambio constitucional. Narrativamente se trata de reducir nuestra Constitución a ser un mero producto del fujimorismo, desconociendo que su elaboración pasó por un Congreso Constituyente de composición plural, y a la consabida etiqueta de “neoliberal”, por lo que mágicamente es el origen de una supuesta situación de carencia e inexistencia de múltiples derechos.
¿Desterrar políticamente al fujimorismo y combatir una supuesta situación de precariedad de derechos es el objetivo de la izquierda? A la luz de la evidencia podríamos decir que no: en primer lugar, no ha sido necesario un cambio constitucional para impedir las victorias electorales al fujimorismo, cancelar socialmente a sus seguidores, negarles legitimidad electoral a sus representantes electos o encarcelar a sus líderes. Paradójicamente, más bien, una interpretación antojadiza de la actual Constitución permitió afianzar el absolutismo presidencial frente a una mayoría parlamentaria fujimorista, llegando al extremo de una cuestionada disolución del Congreso de la República.
Además, en segunda instancia, es la actual Constitución la que, con aciertos y errores, ha permitido cerrar brechas y generar prosperidad material en los últimos. El actual marco constitucional ya reconoce y garantiza los derechos de las personas fundamentados en su naturaleza e intrínseca dignidad, facultando incluso la intervención subsidiaria del Estado para lograr su realización, su concreción en la práctica.
El objetivo real del progresismo y la izquierda es determinar el molde antropológico sobre el que se asienta la constitución y subvertirlo. Esto cambiar radicalmente la visión de la persona humana, del individuo mismo, desde el que se articula el orden social, político y económico que se recoge en nuestra Carta Magna.
Los insumos culturales e ideológicos que inducen ese camino han sido permitidos por la derecha pragmática y tecnocrática en tanto “no se toque el modelo”. Lo que se ha olvidado es que la existencia y supervivencia de la democracia y la economía libre demanda de los principios humanistas integrales y trascendentes: fundamento antropológico cristiano, cultivo de la virtud y de la concepción moral de la vida, vínculos comunitarios fuertes, entre otros.
Siendo esto así, la participación en el debate constituyente no puede pasar por la simple negación del contrario, la mera oposición, sino por la afirmación propositiva y crítica de la Constitución vigente en formas populares, que no es lo mismo que populistas. En el Bicentenario y atendiendo nuestra historia lo realmente revolucionario es apostar por la permanencia y la reforma consensuada de lo perfectible.
Por ello en esta entrega tenemos artículos de tres abogados que nos dan una opinión formada y experiencial para introducirnos en estas cavilaciones. En primer lugar, desde Perú, tenemos la contribución del joven bachiller en derecho Daniel Masnjak cuestionando lo que nuestro país se juega en el debate constituyente. En segundo lugar, Benjamín Lagos, asesor legislativo del Senado de la República de Chile, desde la experiencia personal, expone el proceso constituyente de su país (nombrado por sectores de la izquierda como un modelo a seguir.
Finalmente, Ana Belén Marmora, asesora de la Honorable Cámara de Diputados de Argentina y especialista en Derechos Humanos, nos ofrece una reflexión en torno al lugar que éstos ocupan en los debates constituyentes, atiendo el contexto reciente de nuestras democracias.
