¿Necesita América Latina una Economía Social de Mercado?

Por Eugenio Yáñez Rojas

Bachillerato en Filosofía en la Universidad Austral de Valdivia (Chile). Posteriormente cursó una licenciatura en Ciencias del Desarrollo en el Instituto Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales (ILADES) en Santiago de Chile. Se doctoró en Filosofía en la Universidad de Osnabrück, Alemania. El título de su tesis fue: “La economía social de mercado como opción por los pobres en Chile”. Ha desarrollado labores académicas en diferentes universidades, como la Universidad de Talca, la Universidad Gabriela Mistral, la Universidad de los Andes, la Universidad Adolfo Ibáñez, la Universidad de Münster, entre otras. Actualmente es el Director de la Escuela de Humanidades de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de San Sebastián.

“¡Los pobres no pueden esperar! Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad (…). ¡Sed solidarios por encima de todo! Cualquiera que sea vuestra función en el tejido de la vida económico-social, ¡construid en la región una economía de la solidaridad!” Estas proféticas palabras pronunciadas por Juan Pablo II el 3 de abril de 1987 en la CEPAL, fueron, al parecer, una voz que clamó en el desierto latinoamericano, pues como sabemos en América Latina desde la década de los 80 comienzan a implementarse políticas económicas de libre mercado (“neoliberalismo”). Aunque el Papa no propone un modelo económico concreto, sus orientaciones apuntan claramente a una economía social de mercado (ESM), es decir, a un sistema económico que combine armónicamente crecimiento económico con justicia social, y el principio de subsidiariedad con la solidaridad, propios de un Estado social.  

¿Pero por qué cambiar un modelo económico de libre mercado que, a juzgar por las cifras, por ejemplo, de la CEPAL, pareciera ser moderadamente exitoso? ¿Por qué empeñarse en cambiar “un modelo” exitoso que beneficiaría a los más pobres y vulnerables del continente? No todo lo que brilla es oro. La experiencia histórica nos muestra, al menos en nuestro continente, que un sistema económico cuyo fundamento antropológico in genere es el egoísmo o, si se quiere, la búsqueda del propio interés produce, entre otros, los siguientes efectos negativos: a) una gran concentración de la riqueza en pocas manos; b) tiende a excluir a los más débiles o vulnerables de la sociedad, por ejemplo, a los pueblos originarios o a los pobres; c) son muy pocos los ciudadanos que pueden disfrutar de los beneficios del mercado o de la prosperidad general; d) incentiva el consumismo. Esto es particularmente grave en un continente con alrededor de 30% de pobres y sobre endeudado como el nuestro. América Latina necesita crecimiento económico, pero a la vez de un Estado fuerte y eficiente que fije reglas, y una sociedad civil activa.

La ESM no es la panacea que solucionará todos los problemas económicos y sociales de los latinoamericanos, tampoco es una “receta” milagrosa, como lo recordaba Ludwig Erhard en plena época del “milagro alemán”. Proponer una ESM para América Latina no es un acto de voluntarismo ni una hazaña romántica, pues no se trata de copiar el “modelo alemán”. Existe suficiente evidencia para afirmar que ella provee de las herramientas necesarias para eliminar o disminuir considerablemente los flagelos de la pobreza y la desigualdad, labor que corresponde  tanto al Estado, como el mercado y  la sociedad civil.

La pregunta que está en la base de la ESM es ¿cómo organizar a la sociedad de modo tal que todos y cada uno de sus miembros puedan disfrutar de los bienes producidos por la economía? Con otras palabras, es una pregunta que excede los estrechos límites de la economía, pues precisamente ella fue concebida por sus creadores como un sistema más allá de lo económico. Más que una teoría económica, es una experiencia exitosa que ha logrado combinar el crecimiento económico y la justicia social de manera armónica. Podemos decir, sin temor a equivocarnos que ella tiene un ADN social, y en virtud de ello, podemos postular que es un sistema socio-económico solidario necesario y adecuado para América Latina. Además, ella fue pensada como una fórmula “irenaica” (Müller-Armack), o sea, un sistema social y económico capaz de generar paz social,.   

Qué posibilidades existen de poder aplicar realmente en el continente una ESM, pues ella no es un barco que se gobierna solo[1], no se llega a puerto  a través de la inercia de las mareas. Necesita ser dirigida, especialmente cuando hay que navegar por aguas turbulentas. Requiere, entonces, de líderes, de gobernantes honestos, de políticos preocupados por el bien común, de empresarios eficientes y con responsabilidad social, de ciudadanos responsables, de trabajadores laboriosos. A mi juicio la mayor dificultad no se sitúa ni a nivel político, ni económico, ni social, sino a nivel “ético-cultural”. Varias de las precondiciones se encuentran ya parcialmente presentes en el continente, como los aspectos jurídicos[2], políticos (democracias relativamente estables, libertades políticas, pluralismo, etc.), económicos (libertad económica y de emprender, competencia, iniciativa privada), sociales (seguridad social y ayuda social). En consecuencia, el obstáculo mayor es otro, debemos lidiar en el continente entre otros problemas con la corrupción pública y privada, con la crisis de confianza y credibilidad en las instituciones, con una mentalidad patronal, paternalista y asistencialista, con una educación de mala calidad.

Desde una mirada optimista ingenua, podemos afirmar que nuestro continente avanza inexorablemente hacia una ESM y que en algunos años más este será el sistema económico imperante en nuestra región. La autocomplacencia invita a conformarnos con el vaso medio lleno, esperando que la “mano invisible” disminuya la pobreza, aminore la desigualdad y nos conduzca al tan anhelado desarrollo. Desde una perspectiva pesimista fatalista, propia de los autoflagelantes, podríamos proyectar que, salvo algunas excepciones, son tantas las dificultades y obstáculos a superar que es muy difícil, por no decir imposible, que América Latina llegue a tener una ESM. Desde una mirada realista, que no subestima las reales dificultades, pero que tampoco las exagera, podemos señalar que nuestro continente grosso modo y salvo honrosas excepciones va avanzando en la dirección correcta. Seamos, entonces realistas y soñemos con “lo imposible”.


[1] Un análisis detallado de este tema en: Yañez, Eugenio, Economía Social de Mercado: sus Fundamentos Antropológicos y Éticos. Ediciones KAS, Honduras, 2020

[2] Perú es el único país del continente que la menciona en su constitución expresamente: “la iniciativa privada es libre. Se ejerce en una economía social de mercado. Bajo este régimen, el Estado orienta el desarrollo del país y actúa principalmente en las áreas de promoción de empleo, salud, educación, seguridad, servicios públicos e infraestructura” (artículo 58).

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