Juan Diego Molina Méndez
Historiador por la Universidad de Salamanca. Máster en Ciencia Política y Máster en Análisis Económico del Derecho y las Políticas Públicas por la misma universidad. Ha sido investigador de las siguientes universidades: Salamanca, Santiago de Compostela, Lisboa y, actualmente, es investigador visitante en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia en el marco del programa doctoral que cursa en la Universidad de Navarra.
Al caminar por la calle, sentarnos en una cafetería o cualquier sala de espera, cada vez es más común escuchar personas preocupadas por una situación política, social y económica que no son capaces de comprender. Las personas suelen resumir esta frustración por no poder hacer nada para solucionar lo que pasa a su alrededor diciendo “Es por la crisis”, pero ¿a qué crisis se refieren? Podrían referirse a la crisis económica de 2008, o al Brexit, quizá podrían estar pensando en la situación causada por el COVID, o quizá quieran referirse a la invasión rusa de Ucrania. Posiblemente no tengan en mente en nada de eso, aunque podría ser también que se refieren a estos eventos y las muchas otras tragedias que ocurren día a día en el mundo y que les agobian porque hay una escasa comprensión del entorno.
Por otro lado, también es cada vez más común encontrar discursos nostálgicos dentro de la sociedad y de la política occidental; casi todos los días escuchamos personas decir “antes eso no era así” o “antes eso no pasaba”. Es poco probable que las personas que hablan de esta manera hayan hecho un análisis histórico para estudiar concienzudamente aquello de lo que se quejan y que dicen que no pasaba años o décadas atrás. Por tanto, seguramente estas aseveraciones son fruto de un sentimiento de indefensión en un mundo con unas estructuras de poder complejas. Quizá lo que sí ha cambiado objetivamente es la posibilidad que hoy tenemos de entrar en contacto con el resto del mundo dando un par de clicks o desbloqueando el teléfono. Esta característica del tiempo en el que vivimos hace que nos enfrentemos al mismo tiempo a los problemas de nuestro barrio, de la ciudad en la que vivimos, del país y del mundo entero, aunque nuestra capacidad de toma de decisiones sigue siendo la misma que siempre.
En general, los seres humanos estamos imbuidos en nuestro día a día, y el resolver los asuntos que se presentan en el trabajo o las situaciones familiares consumen nuestro tiempo y nuestra energía, y a lo mejor es por eso que, cuando además de los problemas más inmediatos nos ponemos a pensar en la gravedad de la guerra que nos sentimos más desprotegidos ante el mundo y soltamos un sentido “antes no era así, es por la crisis”. No podemos echar abajo la globalización que ha tenido indudables efectos positivos sobre las personas, tampoco podemos retirarnos a una cueva a abstraernos del mundo, lo que necesitamos entonces es parapetarnos con ideas sólidas que nos proveen del marco necesario para entender lo que pasa a nuestro alrededor.
Si apenas nos alcanza el tiempo para estar con la familia, amigos y trabajar, ¿cómo vamos a tener tiempo de formarnos una opinión sobre los asuntos más importantes que afronta la humanidad hoy en día? Claramente es imposible, pero es aquí donde cobra especial importancia el papel de aquellos llamados “intelectuales”. Desde el principio de la historia en las sociedades han existido personas que con sus conocimientos han servido a la comunidad con ideas y debates que han contribuido a la toma de decisiones sólidas, uno de los mejores ejemplos que pueden citarse sobre la importancia de los intelectuales en la resolución de problemas es el caso de la Escuela de Salamanca que tuvo una gran relevancia en el siglo XVI. Este grupo de religiosos que siguieron la estela de las enseñanzas del dominico Francisco de Vitoria, surgió en un momento clave para la historia de la Corona de Castilla y de la Humanidad, justo cuando se asentaron los primeros grupos hispanos en las Américas.
El fundamento de la filosofía tomista sentó las bases de una escuela de pensamiento que abordó temas como el derecho, la economía o las ciencias, llevando a plantear las bases del Derecho Internacional, de los Derechos Humanos e incluso de la economía de mercado. El momento crítico de la historia en el que este grupo de religiosos vivió requería una reflexión profunda para evitar que la magnitud de los eventos acabará devorando a la sociedad hispana de entonces. Es particularmente famoso el debate que se llevó a cabo en la ciudad de Valladolid en 1550 sobre los derechos de los indígenas americanos y la legitimidad de la empresa conquistadora hispana, donde Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda enfrentaron sus posturas, por orden de Carlos V, buscando llegar a una conclusión sobre la legitimidad de las acciones que los conquistadores llevaban a cabo en América. El resultado de la Controversia de Valladolid no fue concluyente, pero sirvió para que en 1556 se reanudara la conquista del Perú con unas instrucciones que buscaron regular el asentamiento de los hispanos en el nuevo continente para evitar posibles abusos.
De igual manera, podría hablarse sobre la forma en la que intelectuales como Martín de Azpilicueta formularon las bases de la economía de mercado a partir de manuales de confesores, o cómo el Papa Gregorio XIII instauró el Calendario Gregoriano a partir de estudios encargados por la Santa Sede a los intelectuales de la Universidad de Salamanca. El caso de la Escuela de Salamanca muestra la importancia de los intelectuales para el desarrollo de la vida en común; es en el debate entre los intelectuales de donde los decisores políticos deben apoyarse para resolver los problemas que hoy aquejan a nuestras sociedades.
La hiper politización que en la actualidad se hace de los asuntos más importantes y de los más vanos, ha llevado a grandes grupos de ciudadanos a despreciar todo lo que se diga desde las instancias gubernamentales, dando auge a fenómenos como el de las “fake news” y minando así la credibilidad de las instituciones y haciendo más inestable la convivencia en la sociedad. La añoranza por un pasado ideal y la falta de confianza en el presente y esperanza en el devenir nacen del cortoplacismo de una clase política sujeta a los ciclos electorales. Abstraer los grandes debates de esa visión excesivamente centrada en el presente es necesario para devolver la ilusión a una ciudadanía que vive con la permanente sensación de estar viviendo una crisis, esto solo se podrá conseguir volteando la mirada hacia quienes dedican su vida al estudio pausado de nuestro mundo.
